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Me debo sonrisas.

Tengo que perdonarme tantas cosas…

Me debo sonrisas y noches de mirar a la luna sin echar de menos a quien no supo estar.

Me debo besos, quiero una boca fresca, que me busque con sed, no con arena en los labios.

Tengo que quererme tanto, que al verme no tengas dudas de que no permitiré menos que eso.

Los límites los pongo yo. Ya no espero trenes. Yo soy el tren, y elijo los túneles en los que acelerar y la estación en la que pasar de largo.

He aprendido a pisar firme, con tacones o con zapatillas. Soy yo quien guía mis pasos.

Puedes saltar conmigo a mi abismo, o sentarte en el borde y verme volar.
Lo que no me verás es volver a donde no me ven, ni me oyen.

Tengo que perdonarme las noches sin dormir, los planes cancelados, las horas perdidas esperando un mensaje que nunca llega.

Tengo que perdonarme lo que dí de más, lo que no pedí, lo que no medí.

Y lo que no me dí.

Tengo que perdonarme por renunciar a soñar.

Voy a soplar velas y pedir deseos, aunque no sea mi cumpleaños.

Voy a sembrar romero, y a quemar lo malo, y a sacar a cada día mil cosas buenas.

Quédate a ver la puesta de sol, coge mi mano si sabes cómo hacer que no me caiga, o desfila de mi vida, sin ruido y sin rastro.

Estaré para quien está, y seré para quien sepa ser.

Desde este bendito momento, prometo amarme, respetarme y serme fiel.

Todos los días de mi vida.

Pero contigo.

Ella tiene la piel templada, lista para sus manos. Él tiene las ganas.

Ella lo piensa y lo extraña. Él la mira y la desarma.

Ella construye castillos de arena, en el rompeolas.

Él quiere un beso en la playa, y ella se moja la boca.

Ella ya no mide el tiempo mientras se quita la ropa.

Él la mira, hace de espejo.

Él es su cuna, su cuento y la manta que la arropa.

Ella no sabe por qué.

Él sabe cuándo y con quién.

Ella sonríe de nuevo, con los ojos y la piel.

Ella tiene primaveras a estrenar en cada beso.

Él piensa “¿y si fuera Ella?”, como aquella canción vieja que sonaba en otros tiempos.

Tienen una flor de loto calentándoles la cama.
Y ganas de serlo todo. De arder otra vez mañana.

Y eso lo que hay, … y ha de venir lo que queda.

Nada más, y nada menos. Éso y más, y a su manera.

Érase una vez.

Érase una vez la noche, larga, oscura como un túnel.
Y un jardín sin flores. Y una semana con siete lunes.
Érase una vez no era ni sombra de lo que soy.

Érase una canción muda.
Érase una primavera, como la que acaba hoy.

Érase una vez un sueño descolorido, hecho añicos.
Y una bala de reserva.

Las llaves de una maleta. Cerrada. Vacía.
Érase una cafetera sobre la encimera. Fría.

Érase una vez mi cuerpo crujiendo bajo la ducha.
Érase un cuento de invierno, con su lobo y con su bruja.

Érase una vez. Érase que ya no es.

Érase una vez un beso, de los que curan pasados.
Cálido, tierno, oportuno, y una sonrisa en los ojos.
Como una nube en verano.

Érase una vez un día, el día menos pensado.

Al compás de una milonga
llegas a mi vida al trote.
De una milonga campera.

Y me ato a la cabecera
de tu cama, y en mi escote
te traigo la primavera.

Como nube a media tarde
dejas caer tu sonrisa
sobre mi boca desnuda.

Y es mi sangre la que arde
si me acerco a tu camisa
con sed, sin prisa. Sin dudas.

De tu mano, a donde quieras.
Con tu voz, cuento mi suerte.
Y estreno sueños y alas.

La sombra de lo que era
me saluda desde el puente
cuando cae la madrugada.

Te traigo cielos e historias,
besos que saben a gloria,
caminos que andar de frente.

Traigo en la piel ganas nuevas
y tu olor en la memoria.

Eso es para mí quererte.

Girasoles

Despliego mis alas despacio, como quien abre un libro antiguo, de páginas quebradizas. Sacudo la ceniza de otras guerras. Y vuelo. De tu mano.

A veces aún oigo crujir mis huesos bajo el peso apenas de una sábana. Pero estoy plantando sueños, en macetas con verbenas. Y he abierto las ventanas.

Duermo más, lloro menos. Y como lo justo para que no se me queje el cuerpo.

Alivio de luto, primavera de pétalos por el suelo.

Planto girasoles por el filo de mis venas, y el sol entra y seca mis charcos.
Tiendo el corazón al viento. Cierro los ojos, y me tumbo en la arena.

Soy un capitán sin barco.
Tengo el rumbo, y una brújula de tela.

Soy la que se cuela en tu pecho cuando abres los brazos.

Soy la misma, con zapatos nuevos.

Sonrío cuando gano, porque gano para ti. Y sonrío cuando pierdo para enseñarte a fracasar.

Doy por bueno el esfuerzo, el sacrificio de los días, los desvelos de las noches, si el premio es tu sonrisa.

Perdóname las dudas, … no siempre sé cómo hacerlo.

Una y mil veces volvería a parirte oyendo mi cuerpo crujir. Una y mil veces dejaría caer cada gota de mi sangre por no verte derramar una lágrima.

Respiro hondo y me sujeto el corazón. Te marco el rumbo y cruzo los dedos.

Que el mundo sepa que llevo por bandera mis estrías. Que no hay amor más grande que el que se sale por mis ojos cuando te miro. Que me das tanto, que siento que me falte vida para agradecer al cielo la suerte de ser tu madre.

Sólo un amasijo de huesos y piel soy sin tus manos.

Se me seca la boca, me brillan los ojos y se me olvidan los días de todos mis veranos.

Soy un espíritu libre que vive de tu sonrisa; soy lo que haces de mí cuando al cerrar los ojos me acurruco al aroma de tu camisa.

Traigo mañanas, espero no llegar tarde.

Traigo noches, para que me las beses;
furtivo, medio a oscuras, en cualquier esquina de cualquier calle.

Tengo la luz en los ojos para iluminar tus sueños.
Tengo hambre, y hasta el mundo se me va a quedar pequeño.

Tengo una piel a estrenar, debajo de mi piel rota.
Como olitas de la mar, una encima de la otra.

No eres mi casualidad, eres mi suerte.
Por ti llevo los bolsillos llenos de ganas de verte.

Tengo tiempo, y tengo prisa.
Tengo el corazón en vilo por verme latir contigo al compás de tu sonrisa.

Tengo tantas primaveras, tantas lunas, tanto olvido …

Tengo espacio en la nevera para el tiempo mal vivido.

Traigo las manos vacías.
Tú eres lo que llevo puesto.
Que hace mil años bisiestos la vida me lo debía.