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Archive for 26 julio 2017

¿Por qué tú?

¿Por qué tú?

¿A qué batallón curé sus heridas?
¿De qué manicomio derribé los muros?
¿Qué dios, qué diablo, decide que seas mi paracaídas?

Yo sólo tengo mis manos, vacías.
Sólo soy la sombra de mi piel desnuda.
Sólo cuento pasos, voy mirando al suelo.

Y en mitad de nada, me paro y espero.
Me siento en la acera y recuento mis dudas.

Lo que fui, lo dí.
Lo que amé, lo quemé.
Lo que perdí, me perdió.

Ahora dame un beso que parezca un premio.
Yo me ato fuerte la venda, me suelto el pelo,
me sacudo el polvo y empiezo de nuevo.

Sonríe, que asumo el riesgo.
Dime qué te falta
a ver si estuviera entre lo que tengo.

Las calles de lunes, el sol de septiembre …

Qué de besos tengo, qué ganas de verte.

¿Por qué tú?
Porque Tú, siempre.

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La soledad no se aprende, se prende. A los huesos, a tu almohada, al café que se acababa en el día, y ahora dura una semana.

Mientras te peinas, te mira, y te regala el silencio. Y se cuela por los rincones de esa piel que nadie te besa.

La soledad es como una puta fiel, que unas veces duele y otras reconforta. Te quema la cena, pero te prepara el desayuno. Te suelta la mano y te tira del pelo. Te araña la cara cuando le pides un beso.

Sube por las escaleras sin hacer ruido, se sienta y espera a que llegue el martes. Vestida de novia, con su tarjeta de embarque.

La soledad madruga. No tiene hambre, no tiene sueño. Y si se cruza contigo, saluda discreta tocando el ala de su sombrero.

La soledad vive del aire, del que levantas cuando pasas de largo por mi vida. Me limpia el polvo de las cristaleras para que vea la calle vacía. Me canta mal, al oído. Cena sin mantel. Fuma sin ganas. Bebe, se ríe si lloras, y te desordena los días de la semana.

No me quiere bien, no me aparta el pelo de la cara.
Pero está cuando te vas, y me abraza cuando me olvidas.

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Lo de fuera es ruido

Lo de fuera es ruido, lo de dentro es eco.

“Deja que yo puedo, Yo no me enamoro, yo no sufro, no me implico”. Y al final la zancadilla te la pone el miedo.

El miedo de correr con las manos atadas dentro de los bolsillos.

Huyendo de qué, temiendo por quién, jugando al amor con una camisa de fuerza dentro de una habitación acolchada.

La casa se quema con tus ganas dentro, y los gatos se quedan con hambre por querer vivir en el callejón del medio.

Fuera llueve, y no sé si me quieres, desde tan lejos.
Aprendí las dudas de verte hacer leña con la reserva de besos que teníamos para el invierno.

Y el corazón se acostumbra al frío.
Y entre las manos se queda el eco de lo que fue.
Y la piel es como un mapa del tesoro que te convierte en un barco hundido.

No implicarse, no acercarse demasiado al abismo de tu mensaje de buenas noches, por si no llega.

No hacer sitio en la memoria para otro montón de olvidos, no quiero desaprender cómo te gusta el café. Ni convertirme en un náufrago con licencia de armas.

Ojalá que tu pijama, siempre oliera al mío.

Y por no olvidar, no te nombro.
Por que no te vayas, me voy.
Para que sueñes, me callo.
Para que vueles, te suelto.
Porque no sé lo que soy, … aunque sepa lo que quiero.

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Café para uno

Tiene la ternura amarga
de una carita llorosa recién lavada.

Con el vaivén de los ojos,
de la puerta a la ventana.

Con el pelo recogido, descalza
sobre la baldosa que bastó para bailar, … un día.

Con la sangre lenta, la boca seca y la piel gastada.
La luz a medias, los sueños rotos, la tele puesta.
Recuerdos, fotos.

Al diablo se regala
por lo que valga una vida
sin devolución ni cambio
ni oferta ni garantía.

Con el corazón parado,
sentada sobre sus ruinas.

Café para uno,
cena para dos
que se queda fría.

No riega las plantas,
no duerme, no ríe.
Con la voz quebrada
entre el alma y la garganta.
Por quererlo todavía.

Por no llamarlo se muerde
la boca que le mordían.

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Las penas con pan

Ahora que duermo sola, y que sólo duermo, que ocupo sin remordimientos el centro de mi cama. Ahora que no cierro la ventana. Ahora que sueño.

Ahora que miro a los ojos, que beso despacio, tengo siempre a mano una bandera blanca por si viene el lunes con ganas de más.

Ahora bailo en la cocina, subo por las escaleras, y uso los ascensores sólo contigo.

Ahora, si no estás, te espero. Ahora que olvidé el olvido.
Ahora ya no lloro, ni maldigo el tiempo que me até a otras vidas.

Ahora que los abogados queman mi pasado el día de San Juan.
Ahora que ya ni meriendo ni provoco incendios ni cambio de bar.

Ahora que no llevo flores a los cementerios, lavo las cortinas con jabón de azahar.

Ahora la vida no duele.
Ahora el sol no quema si hay cerveza fría.

Ahora las penas, con pan.

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Voy a pedirme perdón
debajo del puente.
Allí siempre hay sitio
para un ‘Nunca más’
o un último intento.

Voy a pedirme perdón
por quererte demasiado.
Por lo que te permití,
por lo que dejé de ser.
Por la herida del costado.

Voy a pedirme perdón,
con el reloj en la mano.
Voy a sentarme a pensar
si lo que dí lo perdí
o lo doy por malgastado.

Voy a ordenar mis palabras,
mis sueños y mis heridas,
y a descontármelo en años.

Voy parar un momento
el reloj de arena, el de sol,
la música, el viento,
mis pasos, mis besos,
mi pulso, mi voz.

Voy a dejar de volar para alcanzarte la luna.

Voy a morir, otra vez,
aguantándome las ganas
de decir ‘Te echo de menos,
hola amor, ¿cómo has estado?’

Voy a romper a llorar.
Voy a dormir sin soñar,
a tropezar sin caer
y a acostarme sin cenar.

Voy a pedirme perdón
por tu millón de mentiras.

Voy a pedirme perdón.
Voy a quererme un momento.

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