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Archive for 28 septiembre 2017

Qué más quisiera …

Qué más quisiera yo, qué más quisiera … Que conseguir que entiendas quién eres cuando te nombro. Enseñarte lo que has hecho de mi alma y de mis días.
Qué más quisiera.

Que te vieras con mis ojos, que te corriera luz por las venas, como a mí cuando sonríes.

Que más quisiera que tener la luna en la boca, y dártela en cada beso, y que la mordieras, como muerdes el silencio con el que te digo tantas cosas.

Qué no daría por verte dormir, por estar a los pies de tus ganas un amanecer cualquiera.
Hacerte olvidar el daño que te hayan hecho. Ver tus alas desplegadas, sacudiéndose cenizas de otras guerras.

¿A qué santo le rezo? ¿A quién me encomiendo?

Qué diera por que me vieras desterrar mis miedos, sin venda, sin red, saltando a tu abismo sin pisar ni uno sólo de tus sueños.

Qué más quisiera que darte flores y raíces, nubes en agosto, y bizcocho de canela con olor a recién hecho.

Qué más quisiera que ver que tú quieres.

Haz café, por si quisieras.

 

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Hoy algo me ha recordado a ti.

Apenas amaneciendo, me ha apetecido café. El de tus ojos.

Con ese anhelo he intentado vestirme y ha sido imposible abrochar la camisa sin recordarla en el suelo de tu cuarto.

El aire fresco entrando por las ventanas de mi casa, me ha recordado a ti. A tu abrazo cuando sabes que tengo frío, a lo acogedor de tu pecho. Y te he echado de menos.

La luz a medio fundir de la cocina, iluminando a fogonazos el pasillo, me ha recordado las veces que me quedo mirando cómo te vas, sin saber cuándo vuelvo a verte.

El agua de la ducha tibia, el espejo empañado, el pelo mojado sobre mi cara … todo me recuerda a ti. Casi te huelo. Mi crema pregunta por tus manos. Y mis manos me preguntan por tu cuerpo.

Me miro al espejo antes de salir. Y no es que me vea guapa. Es que me veo tuya.

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Arráncame el corazón y te querré con mis ojos.

Estos que te ven venir.
Y más que venir, llegar.
Y más que llegar, quedarte.
Y más que quedarte, … estar.

Que el diablo me calcine el alma.
Yo te quiero con la piel.
La que enciendes, la que calmas,
cuando me dejo la espalda
de pie contra tu pared.

Que se me olvide mi nombre,
que me deshereden.
Si no tengo más fortuna
que mirar la misma luna
y en la boca te me enredes.

Que me quiten lo bailao’, tus manos que me las dejen.
Que en el café de tus ojos las dudas se me despejen.

Que no haya vino ni misa,
que no amanezca siquiera
si por mis venas corriera
más luz que la de tu risa.

Que decapiten mis sueños,
que quiebren mis alas nuevas.

Nunca sabrás lo que duelo.
Ni dudes de que te quiero
sin esperar que me quieras.

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Hay días que saben a café quemado.
Días de subir la escalera a gatas.
Días que antes que morir, matas.
Días que la suerte está del otro lado.

Hay días que no sabes
si salir al mundo por la ventana
o esconder las ganas en la almohada,
si cerrar el alma y tirar la llave.

Algunos que parecieran
día de ir a misa,
días de sosiego.
Días que cualquiera
mancha tu camisa.

Hay días con ganas de curar heridas,
días que las miras, y son cicatriz.
Hay días que saben esperarte a ti
mi fe y mi esperanza, que estaba perdidas.

Los de ganar guerras.
Días de perder el norte
en tus ojos café.
Días que mis venas
sí saben por qué.

Si es día de invierno,
me quitas el frío
diciendo que vuelves.

Días que no entiendo
más ley ni más dios
que el hambre con que me muerdes.

Y me ocurre, alguna vez,
que si no escucho tu voz
no tengo quien me consuele.

Días que lo pienso.
Días que apareces.
Días que por más
que intento, no aprendo,
a no decir idioteces.

 

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Quédate

Quédate a mis estaciones, a los 21 de cada tres meses. Quédate a abrazarme, que refresca de noche. Quédate a darme los buenos días, sigue pintando de luz mis mañanas.

Quédate a mis estaciones, sé todos mis trenes, mi chocolate caliente, mi café después de comer.

Quédate a cuidar lo que nos dejó el verano, quédate a mi amor superviviente, mima mis hojas y mis flores.

Quédate quieto, que yo me pongo de puntillas si no llego a darte un beso. Quédate dormido sobre mi espalda, y sentirás que eres tú quien me late dentro del pecho.

Quédate al silencio de decirnos con los ojos mil verdades.

Quédate a mi caos, a mis cosas, a lo que esté por venir.
Quédate conmigo. Quédate en mí.

 

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No soy luz, ni soy sal,
ni la que cuenta las horas.
No sé mantenerme a ras.

No soy el sol ni la arena.
No soy el tren que esperabas.
No soy quien hace tu cena.

No soy tu barra de bar.
No soy tu copa a deshoras
ni soy tus ganas de más.

No soy la luna en el río.
No soy pijama de invierno.
Ni soy tuya ni eres mío.

No descarrilo ni lloro,
no mendigo por amor,
ni suplico, ni perdono.

No valgo para hoja seca
que el viento lleva a su antojo.

No soy ventana en la biblioteca
ni tu casa nueva,
ni la niña de tus ojos.

No soy destino ni meta.
Ni amanecer en la playa.
No soy la llave de tu maleta.

Soy la que pierde la cuenta
de las veces que lo intenta.
Soy la que te quiere y calla.

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Carta a mis hijos

Esto que no vas a leer, a mí con sentirlo me basta. Me basta con haberte dado raíces y ver tus ramas crecer muy alto y expandirse, cargaditas del fruto de mi esfuerzo.

Qué difícil es mantener el equilibrio. Ser tu madre, y no tu amiga. Frenar tu genio sin dejar salir el mío. Qué difícil es vencer el miedo a tu dolor, evitar que sufras, cuando ya no vale con llevar siempre en el bolso agua y tiritas.

Sé que me falta paciencia a veces, pero me sobra voluntad.
Que me faltan fuerzas, pero me sobran motivos.
De largo sé que me faltan horas. Suerte que me sobra empeño.

Por ti he aprendido a interpretar la fiebre, a colarte las verduras en la comida sin que te enteres, y a sonreír ante el fracaso, por si me estuvieras mirando.

He hecho que nuestro hogar esté donde quiera que me des un beso, que no te falte mi mano, que no te asuste el silencio. He hecho una manta de sueños. Te he hecho un puente con baranda, y una cama de hojas secas para tumbarnos a mirar la luna.

Alguna vez tendré dudas, no me culpes. No siempre sé cómo hacerlo.

Mientras tú duermes, yo velo.
Tú creces, y yo envejezco.

Soy la que se sienta en la grada en tus partidos de baloncesto.
Soy la que te dice que No, la que le sopla a tu pizza, la que calienta tu ropa en el radiador a las 6 de la mañana cualquier lunes, hasta que acabe el invierno.

No creas que es fácil, no siempre que quiero puedo.
Pero querer, siempre quiero.

Desde este banco te observo, sin perderme un detalle. Ya no son los mismos juegos, ni los mismos amigos. Y es imposible poner puertas a las calles.

Respiro hondo y me sujeto el corazón.
Te marco el rumbo y cruzo los dedos.

Y mientras, vives y me das vida.

Y siempre que te miro, sueño.

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