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Archive for 22 noviembre 2017

La esperanza nunca se pierde, pero a veces se desorienta.
No es buena estratega, sólo tiene puntería. No hace planes, sólo espera.

La esperanza va en bici por la avenida. Si se cruza con un gato, le recuerda las vidas que le quedan, y le descuenta el día.

Tierna como un niño, cruel como el escaparate de una pastelería.
Más lista que el hambre, rápida, valiente, rubia de peluquería.

La esperanza es decidida, llega a la hora del desayuno y sin darte cuenta se queda a vivir. Te pone sábanas limpias, de algodón. Blancas, como banderas de tregua.

La esperanza no tiene prisa, no tiene casa.
La esperanza vive en los tejados, dispuesta en cuanto sale el sol a desplegar las alas.

Es una loca sin tratamiento, que tiene loco de amor al psiquiatra.
La esperanza difumina tus miedos, y si te despeina el viento, es la que te aparta el pelo de la cara.

Te hace pastas, calienta el café, te dobla las mantas y siembra jazmines en tus ventanas.

La esperanza pone la radio, baila en la cocina. Le gusta la cerveza fría y odia las manzanas.

La esperanza te tiñe las canas.
La esperanza no descansa un día.

Y le haces sitio en el sofá. Te acostumbras a su olor. A verla sonreír callada.
Tiene un cojín con su nombre que ha cogido de tu cama.

Te pinta el verde de verde esperanza, te acaricia el pelo y te araña la cara.
Te da la mano al vuelo, si te retrasas, te empuja. Y si corres, te adelanta.

Maldita mil veces la vida sin esperanza.
Maldita sea, la hija de puta, tan frágil, y lo que aguanta.

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Yo una vez morí

Yo una vez fui venda, de las que ciegan sin apretar. Fui silencio. Fui sonrisa, tumbada en la hierba. Yo una vez fui el sol, templando la piel, secando la ropa, entrando por las ventanas de tu casa. Y no me supe quedar.

Una vez fui mar, y se me secaron los ojos.
Una vez fui primer beso, del que sabe a abismo nuevo.

Una vez fui las manos que no quieres soltar, fui café de media tarde, fui hotel barato con vistas al mar.

Yo una vez fui puñalada. Furtiva, de madrugada, de las de herida de muerte, sin testigos.
De las que das sin pensar.

Yo una vez fui un sueño, y pinté de colores el cabecero de tu cama.
Fui el olor de mi pelo. Fui el viento que te despeja las dudas cuando te da en la cara.

Un día que no recuerdo debí ser lo que querías. Seguramente lo era, como las naranjas de otoño, que lo son aunque no quieran.

Fui equipaje y andén. Fui el destino del que huías. Fui la única del vagón que no podía con el peso de una maleta llena de toda una vida vacía.

Fui herida mal curada, aspirante de segunda a ser tu cicatriz. Fui la que mece la cuna llorando callada.
Fui manta en agosto. Fui luz fría.
Y hasta una vez fui la piedra con la que, en maldita la hora, te tropezaras.

Yo una vez morí.
Y sé que me quedan más muertes, que lo que me queda de vida.

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Muerte natural

Cada mañana paso por su lado, por su banco, en el que ha instalado su pequeño mundo de cartones y mantas sucias.

No tengo ni idea de la edad que puede tener, seguramente bastantes menos años de los que aparenta. Está delgado, porque el vino de cartón no engorda. Tiene la mirada triste y profunda, como quien ha olvidado lo que un día fue.

Quién sabe las vueltas que ha dado su vida, qué trabajo tuvo, sus rutinas, su último techo seguro, si tiene hijos, qué nombre de mujer le corre por las venas, … si es que aún le queda espacio. Alguien tiene que haber en el mundo que se pregunte qué ha sido de su vida, alguien tiene que echarle de menos. ¿No …?

Salgo de casa temprano, quejándome del frío, del madrugón, de los días que hace que no veo a mis hijos, pensando en la montaña de papeles que me espera en la mesa de la oficina, calculando si llego a tiempo a tomar café antes de entrar. Y entonces lo veo. Bueno, más bien lo intuyo, debajo de ese revoltillo de mantas raídas, tiritando entre sus cartones y su pena. Sólo asoman unas botas de montaña sin cordones y rotas por el talón, que dejan entrever sus pies sucios y heridos.

Algunos días está parada en la placeta la ambulancia de los voluntarios de Cruz Roja, que le ofrecen café caliente o caldo de pollo. Él lo sujeta entre sus manos temblorosas, más por la desidia y el alcohol que por cualquier otra cosa, y se lo bebe despacio, sabiendo que quizás es lo único que va a saborear en muchas horas, o incluso días. Y digo saborear como recurso romántico, que me da que el sabor llegue a importar muy poco al hambre atrasada de años.

Me reconforta verlos con sus chalecos rojos, agachados a la altura de la miseria humana, porque calma mi conciencia egoísta urbanita de persona cívica y comprometida.

Ayer estaban. Aunque me pareció que había más personas de lo habitual. Tampoco me fijé demasiado. Seguí mi camino inmersa en mis pensamientos, justificándome ante no sé quién con eso de “problemas tenemos todos”.

Mientras desayuno, suelo leer las noticias en el (maldito) móvil. Hoy un titular ha llamado mi atención (Granada, Sucesos, Local):

“Hallado muerto en plena calle”.

Al abrir el enlace, leo más detenidamente: ” Ayer por la mañana un vecino de la zona que había salido temprano a pasear a su perro, se encontraba a una persona fallecida, en las inmediaciones de la estación de autobuses. Se trata de un varón de entre 40 y 50 años, un conocido indigente que moraba por la zona. Fueron avisados los servicios sanitarios, que no pudieron hacer nada por salvar su vida. Las autoridades se han hecho cargo de la investigación, aunque todo apunta a que su muerte se deba a causa natural”.

Y es que la pena y la soledad no matan, pero te dejan morir, de manera natural.

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Puntos de sutura

Una vez la suerte echada, no cambies la dirección. Ni la intención.

El paso firme, aunque tiemblen las manos. El corazón sereno, aunque tenga hambre. No invoques a los ojalás, que nacen más lejos del no que del sí.

Cuando sientas miedo, plántale tu estampa y míralo a los ojos. Todos los miedos tienen la misma cara (la misma cara dura). Se nos pegan a la ropa como la arena mojada, y sólo el sol y la paciencia ayudan.

No esperes trenes, que descarrilen; y empuja calle abajo a tu intuición, que ruede por la acera y termine en un charco. Por avisar del traidor y seguir de largo.

Maldito el que venga a hacer malditas tus horas.
Maldito el que apague la luz de tu sonrisa.
Maldita la vida que hace crujir los huesos.

Abre el vino. Cierra el cajón de las pesadillas, que se secan las flores. Lava las cortinas, haz café y bizcocho de nueces. Compra chocolate, para cuando duela. Que va a doler. Pero nunca llores sobre tus heridas, que se ablandan y no cierran. No grites, … corre.

Si las caricias duelen como puntos de sutura, es el momento de quitarse la venda de los ojos y usarla de rienda. No necesitas un lazarillo, necesitas un anestesista. Y un verdugo.

Que el último beso siempre llueve sobre mojado, porque el último te quiero siempre es mentira.

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El tiempo de las puñaladas

Malos tiempos para la fe. Cuando los besos se convierten en chacales, y los abrazos pueden llegar a ser alambrada de espinos. Cuando tus propios ojos te engañan y tus venas disimulan el dolor.

Son malos tiempos para los que no sabemos guardar el equilibrio, para los que nos sentamos a mirar la luna, dando la espalda al puñal.

Cuando crees que sí, y es no. Cuando das más de lo que debes. Todas las veces que saltas sin paracaídas. Todas las ganas que pones, y las que te quitan. Ese el precio de la honestidad, para los que no sabemos atar al corazón ni amordazarnos la vida.

Los días se van cargando de cosas inútiles, de piedras y plumas, de hojas secas, de arena mojada. Días llenos de prisa, vacíos de lo que de verdad importa.

Mientras los esclavos del miedo nos arrastran a su pena negra, a la maldición de arrepentirnos. Queremos con freno, y claro … El infierno así es casi un premio.

La rabia de sentir que no soy yo, porque no me dejan los daños. Yo, que prefiero darme de frente y estampar todos los ojalás a la vez, antes que morderme la lengua. No me enseñes lo que duelen las palabras, de sobra sé que no se las lleva el viento. No me hables de heridas, sabe dios las que llevo ya cosidas …

Malos tiempos, cuando el reloj va tejiendo puñaladas.

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