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Me lo debo. Por lo que regalé. Por lo que no medí. Por lo que no me di.

Vengo a pedirme perdón, por el daño que dejé que me hicieran. Por no ser aval de mi sangre. Por mentirme en vez de huir de lo que me hería. Por intentarlo mil veces. Por darlo todo, siempre, todas y cada una de ellas.

Me pongo de rodillas ante mi propio fracaso y me pido perdón, por no aprender de los errores. Por ser honesta, y no fallarte ni por salvarme yo. Por poner en mis ojos toda mi verdad. Por besar siempre como la primera vez.

Ante mi propio caos, con las uñas clavadas en el corazón, prometo serme fiel, y amarme y respetarme todos los días de mi vida.

En un mundo de prisas, de notificaciones, de soledad y de desarraigo, yo traigo de equipaje un saco roto, un vaso vacío, un sueño sin estrenar y las ganas justas para dar una vez más el siguiente paso.

Yo, que otrora soñaba canciones, que lloraba sólo de alegría, … dejé de regar mis macetas. Y me sequé a la vez que la hierbabuena de mi ventana. Y me sorprendo renegando del amor, no queriendo querer. Suplicando convertirme en piedra.

La sombra de lo que fui me apremia. Tengo el mismo DNI, pero ya no reconozco mi sonrisa. La perdí el día que aprendí a hacer equilibrio entre la espada y la pared.

La niña que fui ya no cree en cuentos. Los monstruos ya no salen del armario, sino del cajón de las medicinas.

El día menos pensado te despiertas y la muñeca que dormía contigo está crepitando en una hoguera encendida a los pies de tu cama. Sus ropas arden, su pelo de lana se retuerce y se deshace en hebras. Sientes la cara tiznada y la boca amarga. El alma se vuelve gris y te lloran los ojos (siempre puedes decir que es del humo). Y tú pasas de ser una niña, a ser una mujer con las manos quemadas.

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Por ti, Maestro.

Por esos padres que no paren, pero no paran.

Párate tú un momento y piensa qué sería de tu vida sin un padre. Sin una mano que te ayuda a dar los primeros pasos y ya no te vuelve a soltar nunca. Sin la sabiduría de quien te lo enseña todo si saber nada. Sin sus desvelos, sin su firmeza.

Sin esos consejos que tanto te molestaba oír, y mira por dónde hoy son los que tú les das a tus hijos.

Qué sería de ti sin ese árbol que te da sombra en verano, que te cobija del relente en invierno, que florece en primavera para llenarte los ojos de colores. Ése es tu padre. Y un día se le empiezan a caer las hojas, una o dos, apenas se nota … Volvemos a querer su primavera, echamos de menos haber cuidado sus flores, y le pedimos al cielo poder pararle el
tiempo, mientras se va secando la corteza, aunque siga corriendo la savia por sus venas.

Esas raíces, son las tuyas. Y en sus ramas te sentaste mil veces a merendar.

Te enseñó canciones, te llevó al campo a coger castañas, te subió en sus hombros para alejarte del suelo ingrato que pisan el resto de los mortales.

Te hizo comerte todo lo que había en el plato, y ahí aprendiste el respeto: el respeto al esfuerzo de quien te procura que llegue el plato a la mesa, al trabajo de quien te lo cocina, a la suerte que te envuelve, el respeto por lo que la vida te brinda.

Te alentó a luchar por tus sueños, te enseñó a creer que el esfuerzo tiene recompensa, que uno da lo que tiene sin esperar nada a cambio. Que el bien que haces, vuelva o no vuelva, hecho se queda.

Te castigó en tu habitación, y ojalá hoy volviera a hacerlo. Porque
pocos sitios en el mundo hay más seguros y confortables.

Lo has visto madrugar sin quejarse, trabajar sin horario ni descanso y quedarse el último para todo.

Lo has visto en salas de espera. De un paritorio, de un quirófano, de urgencias, de la sala de profesores, del pediatra, … Lo has oído llorar a oscuras, cuando nos cree dormidos a todos.

Es el que te ayuda a saltar los charcos. El que se enorgullece de tus éxitos y se culpa de tus fracasos.

El suelo tiembla bajo tus pies, pero tú te sientes seguro. Llueve y no te mojas. Sale el sol y no te quema …

Ese es mi padre.

Por no llorar, te canté.
Por no soñar, no dormí.

Por no dejarme caer
aprendí a morir de pie
las cien veces que nací.

No dejé de respirar.

No gané, sólo resistí.

Por no huir, me arrodillé
donde siempre te esperaba.

Sólo pasaban las horas.

No pasabas tú.
Ni pasaba nada.

Por no arrancarme la piel le hubiera pedido un beso
al primer lobo hambriento que pasara por mi casa.

Por no contar más mis pasos
le supliqué al carcelero
una celda sin ventanas,
sin luz de luna, ni techo, ni suelo.

Por no hacer no hago ya ni ganas.
Vaya a ser que se las lleve
el próximo tonto que venga con miedo.

Los ojos llevo en la mano
por si me cruzo contigo.
Sin voz, ni risa, ni prisa.
Sin preguntas, ya.
Sin alma, sin pan ni abrigo.

De ti seré.

De ti seré, si has de ser.

De quien sujete mi mano con el miedo de que al soltarla yo pueda echar a correr.

De quien no necesite pedirme perdón. De quien no me mienta ni por omisión.

De quien esté y se quede. De quien no le dé miedo arañarse. De quien se ponga de espaldas al abismo, de puntillas, y me pida un beso.

Seré de quien me mire y me haga única, de quien me abrace y me salve, de quien sonría sólo con la idea de verme venir de lejos.

Seré de quien me espere de pie.

De quien se acuerde de mí al soplar su vela de cumpleaños, y brinde conmigo aunque nuestras copas ni se rocen.

De quien me lleve en los ojos.

Seré de quien me piense al apagar la luz de la mesita de noche. De quien me arrope en la distancia, de quien me quite el frío del alma sin tocarme.

Seré luz si soy su refugio.

Seré manta si me quita el miedo.

Seré sus ganas de café, su fruta recién cortada, el olor a magdalenas de sus tardes de invierno.

Seré de quien sepa llegar sin avisar, de quien me encienda con mirarme, de quien mejor susurre mi nombre. De quien me muerda como al primer bocado de su última cena.

Ese día seré. O no seré de nadie.

Desaprendiendo

Querido mundo: confírmame que sigo aquí.

Manda una señal al buzón con mi nombre que hay en la puerta del infierno.

Es curioso, que pasan los años, y no son los años lo que duele. Duelen las cosas que dejas de sentir, duele lo que se muere por el camino, lo que prefieres no apostar por si acaso.

Llega una edad en la que duele más lo que dejas de hacer, y lo que dejan de hacer por ti. Ese peso a la espalda que te sienta de golpe en la acera cuando te paras un segundo a pensar en las migas de pan que nadie sigue.

Desapareces, te escondes, te haces pequeña, y pones música sólo para ti.

Terminas por quererte, como instinto de supervivencia. Te cortas el pelo, y te sientes guapa sin necesidad de aplauso.

Te mimas con un capricho barato, te reconoces tu propio mérito y lo que vales. Claro que sí. Como si sirviera de algo …

Las horas pasando una detrás de otra sin que vibre el móvil son como un libro abierto, es un silencio que te deja sorda para el resto del mundo. La era de las comunicaciones, ja … Querido mundo, te comunico mi dimisión. Dimito del valor de intentarlo de nuevo, dimito de las mariposas.

Prefiero desaprender besos, no recordar esos en los que se para el mundo. Y desaprender pasear de la mano. No quiero atarme a las ganas de nada que caduque a las dos horas.

Que se acostumbran los ojos a no tener dónde pararse. Se aburren las palabras de amor, sentadas en un rincón, sin nadie que las saque a bailar. Se duermen las buenas intenciones. Se acumulan los sueños rotos. Se llena el vaso.

Y se colma el alma, de nada.

Donde nada pasa

Donde nada pasa, paso.

Que pesas sobre este suelo que piso. Que se me vuelven gusanos las mariposas.

Que siempre perdió más quien más puso.

Que ya no te compro al peso.

Ya no te voy a salir al paso.

No voy a velar tu vuelo con el alma en vilo.

Que no voy a hacerme vieja en este viaje por una cueva vacía.

Se apaga la vela, se enfría la cera, se para la bala que separa tu calavera de la mía.

Olvido tu nombre, esquivo tu sombra, y debajo de tu sombrero ya tu boca no me nombra.

En la fuente de tu frente caiga el peso de la prisa con que me besas en otras.

Tus manos las ate el diablo.

Tu risa sea sólo prosa.

Y el silencio se cuele en las grietas donde no me dejaste ser.

Vas a tener que perdonarme. Por tantas horas retumbando tu nombre en mi mente.

Te pido perdón, por los besos que te guardo. Por el café que tiro por el fregadero. Por las sábanas limpias recién puestas que arrugo sola.

Te pido perdón por las manos frías, por no tenerte delante cuando necesitas un abrazo, por los ojos vacíos sin ti.

Perdóname las canciones con las que te traigo a mí, perdona si no te olvido, si te sueño a deshoras, perdóname el alma en vilo.

No tengas en cuenta lo que te echo de menos, lo que no cuento a nadie de ti, lo que somos cuando sólo soy tuya. Perdona el miedo, perdona las dudas, perdona a mi corazón, que no sabe latir de otra manera.

Te pido perdón por el sol, que rompe tu noche.

Por las veces que te han hecho llorar.

Por los días que odiaste lo que una vez amabas.

Perdón por el silencio.

Perdón por mis castillos en el aire, por la ilusión con que escribo tu nombre en la arena.

Perdona los planes.

Perdona a las calles que te alejan de mi puerta.

Perdóname que te quiera.